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Irma-Torregrosa

Irma Torregrosa

Irma Torregrosa. Merida, 1993. Estudió Creación Literaria y la licenciatura en Comunicación Social. Sus poemas se pueden leer en revistas como Círculo de Poesía o Punto de partida. Mereció el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio en 2012 y el Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2017, por su libro Piélago. Actualmente es miembro del comité editorial de la revista Carruaje de Pájaros y es profesora en el Centro Estatal de Bellas Artes.

Piélago (fragmentos)

Poemario ganador del XLII Premio Hispanoamericano de Poesía San Román

En la casa de mis abuelos mamá puso una trampa a su memoria. Entre pequeños espasmos metió en una caja todas las fotos que tenía con papá y las tiró en un cuarto que cerró con llave. El tiempo, sin embargo, hizo hecho ceder la cinta canela y los cerrojos. Entre polvo, pintura y unos ojos distintos las fotos fueron saliendo del esqueleto amarillo de los álbumes: Mamá guardó fotos de cuando eran felices. Yo no estaba. Hasta el fondo de la caja estaba la foto de un viaje a la playa. En la foto llevaba puesto un traje de baño atravesado por líneas azules y rosas, rasguños que la sal no pudo encender. Frente a la escena azul, mis padres están a la altura de mis ojos y se toman de las manos; las mías sostienen un salvavidas con dibujos distorsionados por los restos de agua. El salvavidas que vieron flotando sobre el agua minutos después de gritar mi nombre desde la orilla. Rodeado por varias personas, un bañista aplica técnicas de resucitación sobre el cuerpo de una niña morena. :no la viste arrodillada junto al hombre, la madre prueba el sabor de la sal :no la viste ruega a dios el despertar de su hija : no la viste presiona, le da aire, presiona, vuelve a respirar Sobre el cuerpo de la niña pequeños soles estallan al ritmo de la presión, entre el llanto y los reclamos no se oye su nombre o no se entiende ni mamá ni papá escucharon la sentencia del mar el hombre presiona el cuerpo de la niña por última vez y entonces dios sale disparado de su boca entre saliva y agua. En la caja había una foto con la cara de mi padre trozada por una tijera. Había otra quemada por una de las esquinas. De mi padre quedaba lo que hay después de un vaso roto en la cocina. Astillada con su nombre, mi madre desangró sus mejores años en una tarde, mirando hacia la única ventana que había en nuestra casa. Antes de irse, mi padre puso sus ojos en mis cuencas y su boca torcida de cuando se enoja. :eres como él Fui, entonces, un poco de luz acurrucada en los brazos de mi madre. Después, al igual que mi padre, los restos de un vaso roto que ella buscaba unir todas las noches, inútilmente. Los buenos tiempos quebrados por el llanto de una niña que grita de noche porque sueña que se ahoga. Mi madre hurgaba mis ojos buscándolo a él. Calmaba mi llanto y cerraba los ojos mientras se imaginaba desnuda nadando en las cascadas chiapanecas, a donde dice que fueron cuando se casaron. A donde dice que fueron cuando eran felices, antes de mí. Me gusta la lluvia. Me gusta el agua. Me gusta sentir mi piel bajo la piel del agua. Me gusta el mar. Me gustan los libros sobre el mar. Me gustan los animales del mar. Me gusta pensar que el mar termina cuando cierro mi libro de biología. Aunque mi abuela dice que los humanos venimos de las manos de dios yo creo que, como dicen los libros, salimos a rastras de un mar prehistórico y caminamos sobre el tiempo hasta convertirnos en lo que somos. Sin embargo, miento cuando rezo y le doy gracias a un dios que no sé si existe, porque no me habla. El agua, sí. El agua me dice cosas.

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