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Literatura: una epifanía del pasado y el presente

Los seres humanos somos hedonistas por naturaleza. Encontramos satisfacción en acciones como comer, dormir, escuchar música, oler la tierra mojada después de una lluvia, caminar descalzos sobre la arena, compartir con la pareja, contemplar la luna… Cualquier cosa que tenga como objetivo final nuestra felicidad. Y aunque a veces la rapidez con la que gira el mundo no nos permite disfrutar de esos pequeños grandes instantes, todos buscamos en algún momento que aquella sensación de gozo inunde hasta lo más profundo de nuestro ser.

A pesar de que no todos encuentran fascinante el hábito de la lectura, hay quienes encontramos el éxtasis en los libros. Y esto no es característico de nuestros tiempos, se remota a la historia escrita de la humanidad. En Occidente -específicamente-, la escritura ha jugado un rol importante para la organización social, su cohesión y reproducción, por lo que se privilegió cómo y qué leer. Con anterioridad, se buscaba que el contenido fuera altamente racional, evitando a toda costa la lectura hedonista pues de ser así era censurada.

Fue en el periodo del helenismo en el que los griegos se atrevieron a darle otra utilidad a las letras a través de la poesía y la novela. En estas últimas abordaron temas como los viajes, aventuras y romances, meramente por y para el placer. Posteriormente, surgieron otros géneros literarios que satisfacían la búsqueda de placer en la palabra escrita. Tal es el caso de las novelas eróticas y de caballerías en la Edad Media que se antepusieron a los escritos sobre conocimiento y elevación espiritual. Fue en esta época cuando la lectura placentera comenzó a ser reconocida a la par de la hecha para el razonamiento.

Cabe mencionar que la legitimización de este tipo de obras se debió en gran parte al contexto social de aquel entonces. En la actualidad se ha revalorizado el placer de la lectura gracias a las nuevas tecnologías y el acceso a información que han eliminado las barreras del tiempo y el espacio. Ahora estamos tan dispuestos a saciar nuestro placer por leer que pareciera que los libros son simples objetos que consumimos y desechamos, cuyas historias podemos llegar a olvidar por parecernos intranscendentes.

Por ello es importante que la lectura sea un incentivo de integración, cuestionamiento y transformación social e individual. Debemos comprender que el acto de leer nos ayuda a mejorar nuestras habilidades lingüísticas y fomenta la comprensión a través del contenido, pues el lector puede complementar lo que lee con información personal que tiende a ser enriquecida o modificada. Así es como le encontramos un significado especial a un texto o terminamos por rechazarlo completamente.

En otras palabras, nuestras experiencias previas, aspiraciones y sueños hacen que conectemos con la historia que leemos. Es ahí cuando podemos decir que un libro realmente dejó huella en nosotros. No obstante, los libros no sólo nos brindan placer cuando los comprendemos, sino también cuando los vivimos.

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